viernes, 4 de agosto de 2017

Hamman puso el punto seguido al antiguo Wembley

El antiguo Wembley pertenece a ese selecto club de estadios que se han convertido en templos del fútbol. Inaugurado en 1923, y derruido en 2002 para ser reconstruido sobre el mismo terreno, vivió y vive grandes momentos tantos en la historia del deporte como de la música. Tuvo que ser un futbolista alemán, Dietmar Hamman, el que pusiera punto seguido a la magia de esta catedral futbolística en su primera etapa.

El viejo Wembley fue el escenario de todas las finales de la F.A. Cup, con el paréntesis de 1970 cuando se repitió la final en Old Trafford. Precisamente fue una cita copera, en 1923 entre Bolton y West Ham, la que sirvió de estreno al estadio. Aquel partido pasó a la historia no solo por ser el primero celebrado en Wembley, sino también por la imagen icónica de un caballo blanco de la policía, cuyo color realmente sería grisáceo, dividiendo a la multitud, la cual rebasaba cualquier expectativa de afluencia.

La policía trata, sin éxito, de contener al público en la final del 'caballo blanco'.
Bajo las legendarias torres gemelas del feudo londinense, tan míticas como los 39 escalones de distancia que había hasta el palco, Wembley fue acrecentando su fama como casa de la selección inglesa y por acoger hasta cinco finales de la Copa de Europa, entre ellas la que significó el primer título para el Barcelona en 1992, también de la Recopa, además de ser sede del Mundial de 1966, incluyendo la polémica final ante Alemania Federal e Inglaterra con el gol fantasma de Hurst que dio el único campeonato mundial a los británicos, y de la Eurocopa de 1996, donde Alemania cobró su particular venganza al llevarse un título que ansiaban los ingleses como los anfitriones.


El último partido disputado en Wembley no podía ser otro que un Inglaterra contra Alemania, correspondiente a la fase de clasificación del Mundial 2002. El único gol del encuentro de aquel 7 de octubre de 2000 fue anotado por Hamman de violento disparo, quien por entonces jugaba en la Premier, para dar mayor morbo a la derrota, defendiendo los colores del Liverpool.



El hogar de todos los deportes
Wembley no solo ha sido la cuna del fútbol inglés. El recinto londinense albergó los Juegos Olímpicos de 1948 y también se disputaron encuentros de rugby internacionales, así como pruebas hípicas y encuentros de exhibición de lacrosse, fútbol gaélico o fútbol americano. Además de atletismo o pruebas olímpicas, en Wembley también ejerció regularmente de canódromo o acogió pruebas de velocidad de coches, como si fuera un circuito más del calendario automovilístico.

El mejor escenario del mundo
Wembley se transformó también en el escenario más deseado de la música pop y rock. Llenar las gradas, o simplemente tocar en el estadio era sinónimo de éxito. Muchos de ellos terminaron grabando dichos directos para convertirlos en discos, casos de Queen o el famoso Live Aid, concierto multitudinario de carácter benéfico celebrado en 1985. Aunque de todos los artistas que más veces actuaron fue Michael Jackson, encabezando una lista en la que asoman nombre tan variados como Celine Dion, Tina Turner, Madonna, Guns N’ Roses, David Bowie, U2, Bruce Springsteen…

Tampoco el cine se olvidó de Wembley, como en la escena inicial de ‘El Discurso del Rey’, con Colin Firth interpretando al monarca Jorge VI, quien libró una dura batalla para superar los trastornos del habla que padecía.

En octubre de 2002 comenzaron las obras de demolición de una de las fachadas del estadio, concretamente la que contenía a las dos torres, símbolo antiguo del recinto que daba su relevo al gran arco que actualmente da personalidad al nuevo estadio, reinaugurado en 2007 sobre el escenario del antiguo emplazamiento, tratando de perpetuar la magia del viejo Wembley.

lunes, 5 de junio de 2017

Guns N' Roses pone el broche de oro al Vicente Calderón

Si el mundo del rock se equipara al del fútbol, Guns N' Roses encarnaría la historia de un histórico que llegó a lo más alto y se terminó descomponiendo para después regresar de nuevo, un cruce entre el Milan, por su regreso a la élite, y el Forest, porque al fin al cabo fue un periodo victorioso breve pero intenso, con una discografía exigua que dejó huella, suficiente para ocupar puestos en el Olimpo de la música y discutirle en trono a Metallica durante la década de los 80 y 90.

En esta vuelta de Guns N' Roses a los ruedos casi con la alineación inicial, contando al menos en la formación con Axl Rose, Duff McKagan y Slash, y brevemente con Izzy Stradlin, regresaban al Vicente Calderón 24 años después de su recordado show en la capital correspondiente a la etapa del 'Use Your Illusion', cuando dominaban el mundo a través de sus guitarras y su fama era más que justificada.

Guns N' Roses, Madrid, Vicente Calderón, GN' R, 1993,

La banda angelina cumplía de este modo el sueño de muchos seguidores de reunir a Axl y Slash sobre un mismo escenario bajo el nombre de Guns N' Roses, después de haber protagonizado numerosos rumores e innumerables riñas durante años, alimentando páginas de revistas y generando multitud de hipótesis.

La publicación del álbum 'Chinese Democracy' en 2008 por parte del vocalista Axl, como único miembro fundador presente, y la posterior gira sirvieron de aperitivo para muchos, de sucedáneo, con un envoltorio parecido al original pero sin llegar a tener el mismo efecto. Un guión parecido al que escribía Slash en paralelo, solo que sin el nombre comercial a sus espaldas, y con la diferencia de que al virtuoso guitarrista los proyectos no paraban de llamar a sus puertas, pero sin el eco del pasado, sin llegar a triunfar por todo lo alto, pese a que el grupo Velvet Revolver, junto a Duff, recibiera siempre elogios por parte de la crítica, pero sin terminar de calar del todo en el público.

Sumar fuerzas siempre ha sido el mejor método para hacer más ruido. Y es lo que pensaron Slash y Axl para 2016, recuperando las antiguas giras de la banda, desempolvando las pistolas y con las rosas cambiadas por estar marchitas, pero llevando en las maletas las mismas viejas melodías, que no son muchas y que caben en los cinco discos que plasmaron juntos, más ese pomposo álbum que firmó Axl. Un quiero y no puedo que siempre echó de menos a Slash, Duff e Izzy y que no paraba de echarlos guiños en la distancia.


Guns N' Roses en el Vicente Calderón, 4 de junio de 2017

El legendario guitarrista Brian May, exmiembro de Queen, y los inclasificables Suicidal Tendencies fueron la curiosa y extraña combinación que sirvieron de teloneros en 1993 a unos Guns N' Roses en pleno apogeo. Ahora, más de dos décadas después, eran Mark Lanegan, antiguo líder de Screaming Trees -grupo clave en la historia del grunge- y Tyler Bryant los que ejercían de maestros de ceremonias ante el regreso de uno de los grupos más míticos del rock, los Guns N' Roses.

Con una puntualidad británica, y desconocida para Axl y compañía, arrancaba un concierto que iba de menos a más, no por los primeros temas elegidos, que eran bastante potentes, It's So Easy, Mr. Brownstone o Welcome To The Jungle, sino por la pobre voz que mostraba el cantante estadounidense, voluntarioso pero sin dar el tono. A este comienzo desdibujado se le sumaba las apariciones de los temas del 'Chinese Democracy', carentes de la popularidad del 'Apettite For Destruction' o del doble álbum 'Use Your Illusion', y los primeros bamboleos en un repertorio con bastantes versiones intercaladas y algún himno propio, como la grandilocuente Estranged, la canción que en su día se convirtió en el videoclip más caro de la historia, hasta que Madonna y Michael Jackson volvieran a hacer saltar la banca posteriormente.


Tuvo que ser precisamente un tema del 'Chinese', This I Love, y tras haber desperdiciado la bala del You Could Be Mine, el que mostrara al Axl más reconocible, en su versión idónea, la cual no paró de ir creciendo a medida que avanzaba la noche, pese a que se noten los estragos de la edad. Y es que como un ave nocturna, Axl iba calentando la voz y dominando la situación, mientras no dejaba de moverse de un lado a otro del escenario, como un quinceañero enamorado, ni de realizar sus habituales cambios de vestuario, muchos de ellos con su habitual estética de camisa de cuadro anudada a la cintura y bandana en la cabeza al que incluyó brevemente una bufanda rojiblanca de una peña heavy del Atlético de Madrid como guiño al lugar donde estaba.


A Civil War le siguió el Black Hole Sun, como homenaje al músico recientemente fallecido Chris Cornell y Coma, justo antes de dar paso al solo de Slash, luciéndose en la oscuridad de la capital con su reinterpretación personal de la melodía de la película 'El Padrino', haciéndose gustar y demostrando que este regreso de GN'R es histórico por contar con su guitarra de vuelta.



La fiesta era casi completa, ya solo faltaba que tanto Axl como Slash aparcaran sus diferencias y egos para salir ambos en el mismo plano, una instantánea que todos buscaban, y que obtendrían al final, pero que olvidaron cuando sonaba Sweet Child O' Mine, haciendo vibrar a un público que pocos minutos después encontraba su lado más tierno con November Rain, evidenciando Axl que es mejor pianista que cantante, pese a que su nivel ya había superado el suficiente alto a esas alturas, como demostró con Knockin's On Heaven's Door, actualmente tan de Guns N' Roses como de Dylan, y Nightrain, ambas a buen nivel acústico.

Axl Rose, Guns N' Roses, Vicente Calderón, Atlético de Madrid,

Casi sin tiempo a descansar, ni a reaccionar, y tras una breve presentación, a Axl parecía que las energías le duraban, por lo que el apoyo de la corista ya casi desapareció en este tramo donde Don't Cry y Patience llegaban de la mano. La mejor dupla para dar paso a Paradise City, que finalizaba las tres horas de concierto con un espectacular castillo de fuegos artificiales y una lluvia de confetis, como si se tratara de un 4 de julio en cualquier lugar de los Estados Unidos, el broche de oro a la historia del Vicente Calderón, cuyo penúltimo servicio ha sido el de acoger a uno de los dinosaurios del rock cuyos miembros cerraban la actuación con un postrimero abrazo, más protocolario que afectuoso, con el que despedir a Madrid. ¿O será un hasta luego? Lo que sí es seguro, es que no será en el Calderón. No en esta vida.

domingo, 30 de abril de 2017

Placebo: "Amas sus canciones, pero no al cantante"

Placebo regresaba a Madrid casi dos años desde su última visita. Después de haber dejado de nuevo el listón muy alto con un concierto redondo que sirvió de presentación del álbum 'Loud Like Love' y de celebración por los 20 años cumplidos como banda musical. Ahora tocaba otro nuevo 'tour' de homenaje, en esta ocasión para conmemorar las dos décadas desde la publicación del primer disco: el homónimo 'Placebo'.

Placebo, logo

Placebo ha terminado siendo el grupo inglés surgido en los 90 más estable, fiable y duradero. Fue encuadrado con la etiqueta de 'britpop' junto a otros iconos musicales de las islas como Oasis, Blur, Suede, Elastica, Pulp u Ocean Color Scene, con los que coincidía más en la procedencia geográfica y menos en el estilo, dado que Placebo pronto marcó un camino distinto, más experimental y alternativo, ininterrumpido desde 1994 y con solo cambios en la percusión, pero conservando la dupla Molko y Olsdal como los cerebros creativos al frente del proyecto.

Curiosamente, del resto de compañeros de viaje a los que la crítica especializada sumó en la aventura musical de Placebo solo Ocean Color Scene se ha mantenido sobre los escenarios todos estos años, aunque perdiendo parte del éxito que llegaron a disfrutar, mientras que Suede, Pulp y Blur han regresado a lo largo del milenio para reeditar una segunda etapa más nostálgica que brillante, una era que también podrían firmar pronto los hermanos Gallagher, en esa esperada vuelta de Oasis que nunca acaba por fructificar.

Y es que mucho ha cambiado el mundo en estos 20 años, empezando por los gustos musicales del público, a los cuales se ha adaptado Placebo con variaciones en sus creaciones e introduciendo nuevos elementos que han modernizado el estilo de la banda, pasando por el propio crecimiento personal de los componentes y terminando por la pérdida del gran David Bowie, el padrino, el gran mentor de los inclasificables Molko y Olsdal.

Placebo en el WiZink Center (Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid) 
El vídeoclip Every You Every Me precedía a la entrada del grupo al escenario y Pure Morning servía de inicio al paseo distinto por la discografía de Placebo donde se iban alternando novedades, Jesus' Son, con caras B, caso de Soulmates, y viejas perlas rescatadas del joyero como I Know, cuya frase inicial define la opinión de mucha gente sobre la banda "you love the song but not the singer". Y es que la voz nasal y estridente sumado al aspecto andrógino y una eterna actitud displicente han hecho de Molko uno de los artistas más queridos y odiados a la vez del rock, de los que no dan lugar a la indiferencia.



Era una noche de contrapuntos, de mostrar lo que fue y será Placebo, de los guitarreos rabiosos propios de los noventa, con 36 Degrees o Without You I'm Nothing como representantes, a una etapa más recargada y menos oscura, con los teclados como elemento novedoso y abanderada por Devil In The Details y Too Many Friends, poniendo de nuevo el acento en la sexualidad y jugando al desconcierto: "My computer thinks I'm gay", cantaba Molko sin ruborizarse, aunque realmente la letra hable de la falsa sensación de estar relacionado en este mundo aparentemente interconectado pero realmente vacío de vínculos de amistad.


Igual de desconcertante y estimulante era el repertorio, muchos de ellos con velocidades distintas a la versión de estudio, con saltos constantes en el tiempo, de una etapa a otra, evidenciando la riqueza del grupo a lo largo de los años y resumidas en el corte Twenty Years, el sencillo elegido para promocionar en su momento el recopilatorio y que se está convirtiendo en uno de los temas más esenciales del grupo, aunque esta vez sonara de forma casi irreconocible, pero igualmente atractivo.

El primer bloque del concierto acababa con un póquer de lujo formado por Slave To The Wage, Special K, Song To Say Goodbye y The Bitter End, ambas premonitorias por anunciar el descanso, que no el final del espectáculo.

Placebo, Madrid, Palacio Deportes,

En una noche dedicada al primer trabajo del grupo no podían faltar algunos de sus cortes más significativos con los que componer el bis: Teenage Angst, en versión pausada, y Nancy Boy devolvían al público a finales del siglo XX para continuar con Infra-red, del disco 'Meds', sorprendiendo con la elección y por olvidar alguno de los grandes himnos que han elevado a este grupo a los altares del rock alternativo. Para terminar, y como viene siendo habitual, la versión del Running Up The Hills hacía de colofón, sonando mejor que nunca, incluso que cuando la popularizó Kate Bush en los ochenta. Un broche de oro para un espectáculo de más de dos horas.

Placebo hacía honor a su nombre, produciendo un efecto tremendamente favorable en una audiencia que lleva acompañando fielmente 20 años a Molko y Olsdal, amando sus canciones y a sus componentes, empezando por su enigmático cantante, cuya simpatía y cercanía crece con los años, y siguiendo por ese larguirucho bajista sueco que ha encontrado en un Madrid multicolor su segundo hogar.

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